Algunas reflexiones ante la posibilidad de morir

13 marzo 2010

Me preocupa la perspectiva de morir a mitad de temporada de esa forma, aunque soy consciente de que con toda probabilidad moriré en algún momento comprendido entre agosto y mayo. Todos tenemos la ingenua aspiración de que, cuando nos vayamos de este mundo, no dejaremos ningún cabo suelto por ahí: habremos hecho las paces con nuestros hijos, les habremos dejado felices, bien asentados en el mundo, y habremos conseguido más o menos todo lo que queríamos conseguir a lo largo de la vida. Es una soberana estupidez, por supuesto. Los hinchas de fútbol que contemplan su propia mortalidad saben de sobra que es una estupidez. Quedarán cientos de cabos sueltos. Es posible que muramos la víspera de que nuestro equipo por fin juegue en Wembley, o al día siguiente del partido de ida de una eliminatoria de la Copa de Europa, o en plena campaña por el ascenso, o en medio de una cruda batalla por evitar el descenso de categoría. Y teniendo en cuenta las diversas teorías que existen sobre la vida en el más allá, tenemos todas las papeletas de no llegar a saber nunca cuál fue el resultado. Todo lo que realmente cuenta acerca de la muerte, en términos metafóricos, es que casi con toda seguridad nos sucederá antes de que obtengamos los grandes trofeos a que aspiramos. Aquel hombre tendido en la acera, tal como comentó el Rana en el camino de vuelta a casa, no llegaría a saber si el Palace permaneció en Primera División al final de la temporada; tampoco llegaría a saber que el Palace no ha dejado de subir y bajar de categoría durante los veinte años siguientes, que han cambiado los colores del uniforme al menos una docena de veces, que llegarían a jugar una final de Copa, que terminarían jugando los partidos con la inscripción «VIRGIN» en la camiseta. Pero así es la vida.

No me gustaría morir a mitad de temporada. Por otra parte, soy uno de los que seguramente serían felices, creo yo, si mis cenizas fueran esparcidas sobre la hierba de Highbury (aunque también comprendo que hay restricciones en este sentido: son demasiadas las viudas que contactan con el club para cumplir el último deseo de sus difuntos esposos, y existe el temor de que el césped no responda favorablemente ante el contenido de la cantidad de urnas que se vaciarían en el campo). Sería muy grato pensar que quizá pueda permanecer en suspenso dentro del estadio de una forma u otra, para ver al primer equipo un sábado y al filial el sábado siguiente; me gustaría tener la certeza de que mis hijos y mis nietos serán hinchas del Arsenal, y de que podré ver los partidos junto a ellos. No me parece una mala manera de pasar la eternidad. Y no me cabe duda de que preferiría que mis cenizas fueran esparcidas por la Banda Este, en vez de en el Atlántico o en una montaña cualquiera.

Tampoco querría morir inmediatamente después de un partido, claro (como le pasó a Jock Stein, seleccionador nacional de Escocia, que murió después de que su equipo ganase a Gales y se clasificara para jugar la fase final de los Mundiales, o como el padre de un amigo, que murió hace unos años al término de un Celtic - Rangers de Glasgow). De alguna forma, parece un exceso pensar que el fútbol sea el único contexto adecuado para la muerte de un hincha (y no me refiero a las muertes de Heysel o Hillsborough, de Ibrox o Bradford: ésas fueron tragedias de índole muy diferente). No me gustaría que me recordasen con un meneo de cabeza y una sonrisa cariñosa, dando a entender que ésa sería la forma de morir que yo habría elegido, suponiendo que pudiera elegir. Siempre me quedaré con la gravedad de lo serio antes que con la congruencia más ramplona.

A ver si lo aclaramos de una vez. No quisiera estirar la pata en Gillespie Road después de un partido, porque podría ser recordado como un excéntrico; sin embargo, por excéntrico que sea, quiero flotar sobre Highbury en calidad de espíritu incorpóreo, y ver los partidos del filial durante el resto de la eternidad. En cierto modo, estos dos deseos —a primera vista incompatibles, e incomprensibles, supongo, para todo el que no tenga una fijación equivalente— son característicos de los obsesos, epítome de su gran dilema. Aborrecemos que nos traten con cierto paternalismo (hay personas que sólo me conocen en mi vertiente de maníaco compulsivo, que me preguntan con paciencia y lentitud, con monosílabos, qué tal estuvo el Arsenal y, acto seguido, se vuelven a hablar con otra persona de la vida en general, como si el hecho de ser un hincha descartase de plano la posibilidad de formar una familia, tener un trabajo o expresar una opinión acertada sobre la medicina alternativa); aunque nuestra demencia implica que la condescendencia ajena sea casi inevitable. Me lo conozco al dedillo, y pese a todo deseo lastrar a mi hijo bautizándolo con los patronímicos de Liam Charles George Michael Thomas. En fin, supongo que me lo tengo merecido.

Nick Hornby
en Fiebre en las gradas (1992)

9 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Un infarto rápido, por favor. Y punto.

Sensei Katorga dijo...

No es este mundo muy dado al razonar concienzudamente y mucho menos ante la posibilidad de la muerte. El problema radica en el fulgor de la carrera, el ansia de inmortalidad, creo, vive en los grandes jugadores que han de tejer en poco tiempo una urdimbre de sentimientos en el gran público para que los rememore y jaleen su espíritu. Allá cada uno con sus ídolos con pies de barro.

Leandro dijo...

Vale. Pero a mitad de temporada no, por favor

Amor dijo...

Pues si, debe ser horrible morirse al la mitad de lo unico que te importa.

El texto es supergracioso.

Leandro dijo...

Hombre, lo único, lo único... Si hubieses dicho lo más importante, todavía. Pero lo único...

Amor dijo...

Por dios! Lo del hijo clama al cielo!

Leandro dijo...

Qué dices! Es enternecedor. Por otra parte, lo he estado pensando: ¿quién no fallece a mitad de lo único que le importa?

Anónimo dijo...

Todos fallecemos a mitad de algo que nos importa.

Pero...esta entrada debería ir en otra categoría ¿no?

Leandro dijo...

Las categorías, como casi todo, son relativas. Pero, en principio, aquí es donde van las brillanteces que dicen los demás. Ya me gustaría a mí haber podido meter esto en otra categoría

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