Sobre lo bueno, lo breve y lo imperfecto

14 marzo 2013

La mención de Trakl hizo pensar a Amalfitano, mientras dictaba una clase de forma totalmente automática, en una farmacia que quedaba cerca de su casa en Barcelona y a la que solía ir cuando necesitaba una medicina para Rosa. Uno de los empleados era un farmacéutico casi adolescente, extremadamente delgado y de grandes gafas, que por las noches, cuando la farmacia estaba de turno, siempre leía un libro. Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosis, Bartleby, Un corazón simple, Un cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.

Roberto Bolaño
en 2666 (2003)

14 comentarios:

carlos rubio dijo...

¿Dónde estabas?....

Leandro Llamas dijo...

Leyendo un libro, subiendo un monte, escribiendo un cuento, viendo un partido de fútbol, bañándome en una playa, haciendo un comentario de texto, viendo un partido de baloncesto...

Javito dijo...

¿Yendo a un concierto?

Leandro Llamas dijo...

Depende... ¿entrada gratuita?

Amor dijo...

¿Lo has terminado? Ya me contarás.

Leandro Llamas dijo...

Supongo que te refieres al cuento. No, no lo he terminado. Supongo que algún día acabaré con él, aunque sea por abandono o por aburrimiento. Y bueno, tú lo has dicho: ya contaré

Amor dijo...

No, me refería a 2666.

Leandro Llamas dijo...

Me volvió a perder la vanidad. Tampoco lo he terminado. No sé cuál de los dos acabará antes conmigo

Anónimo dijo...

Seguro que ninguno.

Leandro Llamas dijo...

No estaría yo tan seguro

Puesyo dijo...

Aplauso a lo imperfecto, cuando son esos imperfectos. Y a tu cuento inacabado, que también lo es.

Leandro Llamas dijo...

Era imperfecto cuando estaba inacabado, y ahora que se acabó, más imperfecto todavía

Anónimo dijo...

No hay nada perfecto

Leandro Llamas dijo...

O eso, o yo no lo he visto

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