Deprisa, deprisa

27 agosto 2010

Mi padre se dedicó a ellos, sin embargo, con la mayor diligencia, avanzando paso a paso en cada línea, con el mismo cuidado y circunspección (aunque no cabe decir que con el mismo concepto religioso) que el que utilizara Juan de la Casa, el Arzobispo de Benevento, cuando compuso su Galateo; para lo cual Su Eminencia de Benevento tardó casi cuarenta años; y cuando por fin quedó concluida su obra no era ni la mitad de grande ni de gorda que el almanaque de Rider. Cualquier mortal pensaría entonces que el santo varón se había pasado el tiempo atusándose los bigotes o jugando al primero con su capellán, sin llegar a conocer la verdadera causa de la lentitud; pero vale la pena explicárselo al mundo, aunque sólo sea para animar a los escasos mortales que escriben no tanto para ganarse el sustento cuanto para ganarse la fama.

Bien sé que si Juan de la Casa, el Arzobispo de Benevento por cuya memoria (a pesar de su Galateo) siento el mayor respeto, hubiera sido un clérigo de poca monta, duro de mollera y demás, él y su Galateo habrían podido durar lo mismo que Matusalén, que por mí su caso no habría valido un paréntesis en mi libro.

Pero resulta que es precisamente todo lo contrario: Juan de la Casa fue un hombre genial, de gran imaginación; y sin embargo y a pesar de esas ventajas con que le favoreciera la naturaleza y que habrían debido hacerle volar a él y su Galateo, se encontraba al propio tiempo impotente para avanzar a mayor velocidad de una línea y media en día de verano: esa falta de ligereza le venía a Su Eminencia de una opinión que le afligía, y era que tenía el convencimiento de que cuando un cristiano se ponía a escribir un libro (máxime cuando no lo hacía para sí) con intención y propósito, bona fide, de imprimirlo y publicarlo, sus primeros pensamientos estaban siempre inspirados por las tentaciones del Malo. Eso cuando se trataba de escritores ordinarios, que si el escritor era un personaje venerable y encumbrado, ya fuera eclesiástico u hombre de Estado, en cuanto tomaba la pluma entre los dedos, todos los demonios del infierno acudían a sobornarle y seducirle. En cuanto llegaban, se acabó: todo pensamiento, desde el primero hasta el último, se hacía capcioso; por bueno y honesto que fuera; lo mismo daba; bajo cualquier color o aspecto que se presentara a la imaginación, seguía siendo un golpe asestado por uno de ellos, y contra el cual había que ponerse en guardia. Así pues, la vida del escritor, aunque a él se le antoje lo contrario, no consiste tanto en componer como en luchar; y la prueba que ha de superar, como la de cualquier militante de la tierra, consiste no tanto en tener más o menos ingenio o talento, sino en saber resistir.

Laurence Sterne
en Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero (1759-1767)

5 comentarios:

eljavito dijo...

¿Excusatio non petita?

Rubén dijo...

Lo primero que me leí de Javier Marías no fue una novela, sino su traducción de Sterne. Maravillosa obra.

Leandro dijo...

En mi caso, consuelo manifiesto.

Maravillosa y sorprendente, Rubén.

Amor dijo...

Hay días en que los demonios no me dejan ni salir a la calle, ay dios, qué lucha.

Leandro dijo...

demonios, angelitos y otras hierbas y matujas

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